Cada vez son menos los campesinos que trabajan la milpa y también disminuyen quienes conservan las ceremonias antiguas. Parte de ello, explican conocedores del tema, se debe a la presión de religiones externas que han minimizado estas prácticas, sin comprender su valor cultural ni su vínculo con el cuidado del entorno.

Mérida, Yucatán a 28 de abril de 2026.- Mientras el campo enfrenta tiempos difíciles, con sequía, altos costos y cada vez menos manos dedicadas a la milpa, el campesino maya continúa aferrado a una enseñanza heredada por generaciones: agradecer a la tierra antes de pedirle frutos.
En varias comunidades del interior de Yucatán aún sobreviven ceremonias tradicionales para pedir la llegada de la lluvia, indispensable para sembrar maíz, frijol, calabaza y otros cultivos básicos. Son ofrendas sencillas, pero cargadas de profundo significado espiritual, donde participan familias enteras y vecinos que comparten alimentos, rezos y esperanza.
Para la cosmovisión maya, la naturaleza tiene vida y equilibrio. La lluvia, el viento y el monte no son simples recursos, sino fuerzas que merecen respeto. Por eso se honra a los yuuntsilo’ob, conocidos como los señores de la lluvia, así como a los guardianes del monte.
Sin embargo, estas tradiciones hoy están en riesgo. Cada vez son menos los campesinos que trabajan la milpa y también disminuyen quienes conservan las ceremonias antiguas. Parte de ello, explican conocedores del tema, se debe a la presión de religiones externas que han minimizado estas prácticas, sin comprender su valor cultural ni su vínculo con el cuidado del entorno.
El pasado 25 de abril, don Abelardo Tut, de 61 años y uno de los pocos ajmeno’ob o sacerdotes mayas que aún permanecen activos, compartió el significado de seguir siendo guía espiritual en una región donde estas costumbres se van apagando.
Explicó que al abandonarse la milpa también se rompe la relación del hombre con el sijnalil, el medio ambiente. Cuando se pierde ese respeto, dijo, da lo mismo contaminar, quemar o provocar incendios en el monte.
Y es que para el pueblo maya sembrar nunca fue solo producir alimentos, sino convivir con la naturaleza, escuchar sus tiempos y corresponderle con gratitud.
Hoy, cuando muchas de estas manifestaciones son menospreciadas, el mayor riesgo no es solo perder una ceremonia, sino olvidar una forma entera de pensar y vivir.
Aun así, mientras un campesino levante su mirada al cielo y coloque una ofrenda pidiendo lluvia para su parcela, la memoria maya seguirá sembrando futuro.


